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Columna semanal #9: El gran viaje interior

07 de diciembre | por |

"Cuantas veces nos encontramos agotadas, estresadas y con ganas que venga alguien a socorrernos. Una nueva energía, alguien que desde afuera, nos de un empujoncito para atravesar ese mal día con unas palabras cálidas."

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Uno de los desafíos más grandes que tenemos como madres es criar a nuestros hijos en un mundo adultocentrista.  Un mundo hecho para cubrir los deseos y necesidades de los adultos. Un mundo que es rápido, cambiante y  donde lo más importante pareciera ser producir y tener.

Un mundo donde los valores esenciales del ser humano como el amor, la bondad, la empatía y cooperación no tienen cabida. Un mundo donde hay muy poco tiempo para descansar, detenerse, observar, disfrutar y jugar. Y donde los niños y guaguas son relegados a un segundo plano.

Si uno mira alrededor, ve que en general los niños y guaguas incomodan en los lugares públicos. Y claro que nos producen cosas los llantos, pataletas y demases, como tambien las sonrisas y sus tiernas miradas, pero todo es parte de un mismo paquete, y como tal, hay que aceptarlo.

Que injusto es querer a los niños solo cuando “se portan bien”, sólo cuando “son buenos”.Y que injusto es relegar o mirar mal a esas madres y no ofrecerles ayuda.

Cuantas veces nos encontramos agotadas, estresadas y con ganas que venga alguien a socorrernos. Una nueva energía, alguien que desde afuera, nos de un empujoncito para atravesar ese mal día con unas palabras cálidas. Alguien que abrace o juegue con nuestros hijos cuando nosotras simplemente no nos sentimos capaces.

Porque la maternidad es compleja, más cuando intentamos vivirla en forma consciente y queremos  dar lo mejor de nosotras mismas. Hay días y momentos duros, nuestra paciencia se pone en jaque, sale nuestra sombra, nos equivocamos, gritamos, tenemos ganas de mandar todo a la cresta y salir corriendo.

Y todo eso pasa. Y luego respiramos y nos damos cuenta que nada es tan terrible, que no es culpa de ellos,  ni de nosotras, sino de un sistema de vida que nos tiene criando solas, sin ayuda, sin redes, sin apoyo.

Mujeres criando solas encerradas en sus departamentos o casas, sin acceso a otras mujeres, a espacios de encuentro, a espacios de desahogo, de contención, de apoyo. Mujeres que esperan largas jornadas para recibir el apoyo de sus maridos, de sus hermanas, o abuelos.

Mujeres que trabajando fuera de casa o en casa, nos sentimos juzgadas y muchas veces, llenas de culpas que nos impone la sociedad. Porque pareciera ser que nunca nada es suficiente para las madres. Porque SIEMPRE vamos a ser juzgadas y criticadas. Todas nuestras elecciones personales van a ser criticadas. Tarde o temprano.

Surge entonces una tremenda necesidad de buscar, crear y participar en espacios de encuentro con otras mujeres y sus hijos. Espacios que nos permitan sentirnos acompañadas y no tan solas. Espacios donde se validen nuestras creencias y nos sintamos empoderadas respecto a las decisiones de crianza que tomamos.

Espacios cálidos donde podamos contar con la mirada amorosa de otro ser humano. Dónde los niños puedan jugar libremente con otros niños bajo la mirada de varios adultos cuidadores. Dónde tanto madres como hijos sean importantes de contener, abrazar y apapachar.

Porque la maternidad y los primeros años de crianza son tremendamente intensos y necesitamos en forma urgente el apoyo de la comunidad entera: familias extendidas, amigos, vecinos, profesores, científicos, médicos, psicólogos, políticos y todos quienes puedan contribuir a darle mayor notoriedad a esta etapa tan crucial en la vida de un ser humano.


Fotografía: Obra del Pintor Gustav Klimt

El Gran Viaje Interior Columna semanal sobre maternidad & otras cosas – cada miércoles

Por Paula Rudnick V.

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